El presidente de la Sociedad Europea de Ginecología y catedrático de Ginecología en el Hospital Clínic de Barcelona lleva décadas estudiando cómo acompañar a la mujer en la transición menopáusica. Hoy nos habla de fitoterapia, evidencia y del protagonismo creciente de la cimicífuga en el tratamiento de los sofocos.
P— Doctor, empecemos por el principio. Cuando una mujer llega a su consulta con sofocos, sudores nocturnos y le dice que no quiere tomar hormonas, ¿cuál es su primera reacción como médico?
Dr. Castelo-Branco — Mi primera reacción es escucharla. Y escucharla bien. Porque detrás de ese «no quiero hormonas» hay muchas veces miedo, desinformación, o simplemente una preferencia legítima por enfoques más naturales. Mi labor no es convencerla de nada, sino informarla. Y ahí es donde entra una pregunta fundamental: ¿tenemos alternativas con evidencia científica suficiente? La respuesta, cada vez más, es que sí.
P — ¿Qué lugar ocupa la fitoterapia dentro de esas alternativas? ¿Ha cambiado su percepción a lo largo de su carrera?
Dr. Castelo-Branco — Ha cambiado radicalmente. Cuando empecé en ginecología, los productos de origen vegetal eran territorio casi exclusivo de la medicina popular, con escaso respaldo científico. Hoy tenemos metaanálisis, ensayos clínicos aleatorizados y mecanismos de acción identificados. La fitoterapia ha madurado como disciplina. No todo vale, por supuesto. Hay que separar el grano de la paja. Pero hay plantas que han demostrado eficacia real y un perfil de seguridad muy aceptable. La medicina basada en la evidencia no tiene por qué excluir lo natural.
P — Usted ha participado en un metaanálisis sobre la cimicífuga y la sintomatología vasomotora. ¿Qué conclusiones principales arrojó ese trabajo y qué nos dice sobre la eficacia de esta planta?
Dr. Castelo-Branco — Ese metaanálisis fue muy relevante precisamente porque reunió datos de múltiples estudios con criterios metodológicos rigurosos. Las conclusiones apuntan a que la cimicífuga racemosa —en extractos estandarizados y a las dosis correctas— reduce de forma estadísticamente significativa la frecuencia e intensidad de los sofocos y los sudores nocturnos en comparación con placebo. No es un efecto marginal. Estamos hablando de una reducción clínicamente relevante para las mujeres que los padecen. Además, los datos de seguridad son tranquilizadores, siempre que se utilice correctamente y se monitorice la función hepática, algo que hay que tener en cuenta.
P — Precisamente, la cimicífuga ha arrastrado durante años cierta controversia sobre su seguridad hepática. ¿Está ese debate cerrado?
Dr. Castelo-Branco — Está en gran medida cerrado, aunque hay que matizarlo. Los casos notificados de hepatotoxicidad han sido muy escasos y, en su mayoría, asociados a productos de mala calidad, adulterados o con dosis inadecuadas. Los extractos estandarizados que han pasado los controles de calidad europeos —como el iSH, el extracto isopropanólico— tienen un perfil de seguridad hepática bien documentado y favorable. Lo que le digo siempre a mis colegas es que la cimicífuga no está contraindicada de entrada, pero sí debemos recomendar productos con garantías farmacéuticas, no cualquier complemento alimenticio de origen desconocido. La calidad del extracto lo es todo.
P — ¿Existe algún perfil de mujer para la que la cimicífuga sea especialmente adecuada? ¿Y algún caso en el que usted no la recomendaría?
Dr. Castelo-Branco — El perfil ideal sería el de una mujer en perimenopausia o menopausia reciente, con sintomatología vasomotora moderada-intensa, que rechaza o tiene contraindicada la terapia hormonal. También es una opción muy razonable como puente terapéutico mientras se decide un tratamiento a largo plazo. Donde sería más cauto es en mujeres con antecedentes de patología hepática preexistente o en aquellas que toman medicación con potencial hepatotóxico. Y aunque los datos actuales no sugieren actividad estrogénica significativa, en mujeres con antecedentes de cáncer de mama con receptor hormonal positivo prefiero ser prudente y consensuarlo siempre con el oncólogo.
P — Más allá de la cimicífuga, ¿qué otros productos naturales considera que tienen suficiente evidencia para recomendarlos en la menopausia?
Dr. Castelo-Branco — Hay varios que merecen atención. Las isoflavonas de soja y trébol rojo tienen datos razonables para la sintomatología vasomotora, aunque con un efecto algo más modesto y variable según el perfil genético de cada mujer —su capacidad para convertirlas en equol marca una diferencia importante—. El pextracto de polen de flores, con estudios interesantes para el humor y el sueño. Y para síntomas genitourinarios, el aceite de onagra o la vitamina E tópica tienen su papel. Ahora bien, insisto siempre en lo mismo: evidencia, calidad del producto y seguimiento médico. La menopausia no es una enfermedad, pero sí una etapa que merece atención profesional.
P — Para cerrar, doctor, ¿cómo ve el futuro de la medicina natural en la salud de la mujer menopáusica? ¿Caminamos hacia una medicina más integrativa?
Dr. Castelo-Branco — Sin ninguna duda. Y creo que es una evolución positiva, siempre que se haga con rigor. La mujer de hoy es más activa en la gestión de su salud, pregunta más, exige más, y quiere opciones. Nuestra obligación como médicos es acompañarla con honestidad científica: ni exagerar las virtudes de lo natural ni descartarlo por prejuicio. Lo que viene es una medicina personalizada e integrativa, donde la fitoterapia con evidencia, los cambios de estilo de vida y, cuando sea necesario, la terapia hormonal conviven de forma complementaria. El objetivo final es siempre el mismo: que la mujer atraviese esta etapa con la mejor calidad de vida posible.
El Dr. Camil Castelo-Branco combina su actividad asistencial en el Hospital Clínic de Barcelona con una intensa labor investigadora y docente. Es autor de más de 400 publicaciones científicas y referente internacional en salud de la mujer.
